© Дорогой длинною/Those Were the Days. *
Mi amigo, el oso Mijaíl, asegura que el invierno pasará pronto y como buen cinéfilo, después del abrazo sincero en cabina, me cuenta feliz que ha comenzado a construir otra guitarra…, que no me preocupe, que no ha hecho mucho frío hasta ahora. Siempre que me doy una ducha bien caliente en casa pienso en él y su cueva desprovista de puertas y ventanas, llena de libros y pilas usadas junto a la postalita de la programación de la filmo siempre actualizada, su cama bien tendida… No, no, no me he fumado nada, nunca fumo, aunque sí tengo un puro de lujo, un buen tabaco que me ha regalado Gerardo, el otro gran guardián de la montañavalparaíso, vecino de Elena, la simpática gatita bailarina y su jarra de porcelana nueva. Me lo hizo con hojas limpias y sanas de su cultivo, o eso me dijo, sí, y le creo…
Hay tantas cosas, amigos míos, que he vivido y querría contarles, pero qué le vamos a hacer, es imposible, o no, pero habrá que conformarse con este chispazo simple y a veces en tono sospechoso, alocado…

Siempre me he preguntado cómo pudieron mis padres adaptarse a los cambios que precedieron a mi concepción en 1964. Es una pena no saber exactamente cómo se conocieron, aunque sí dónde y en qué situación. Puede que de no haber acontecido todo aquello ni siquiera se hubiesen cruzado, o sí… Tal atractivo hechizante no les condujo sólo a ellos por los caminos de mi mente impotente y desprovista, no, toda una generación se vio marcada por tal trauma, entonces disfrazado de luz novedosa y prometedora. Últimamente no dejo de pensar también en ellos saltando todo en flashazos como de maravillosas dispositivas a color, entre sabores y olores, aguaceros… Me asusta mucho, estoy muy, pero que muy sensible y en una inercia voluntariosa de empatía distorsionada, muy sobremodulada… Por ejemplo, esta mañana recordaba mientras paseábamos por la Zubia después de desayunar en lo de Rosana, cómo en el 2000, buscándome la vida buzoneando publicidad, al entrar a comprar una manzana, sí, sólo una, en una frutería de Valladolid, la señora que despachaba no me la quiso cobrar. También en cómo aquel señor, del que mi amigo Jorge Molina me había dado coordenadas de Madrid, y sin conocerme de nada, después de regalarme generosamente 10.000 pesetas de entonces en 1999 e invitarme a un buen café, me dijo: “…Hay que mantener aquí la cabeza fría y los pies bien calientes, Raúl…” Muchas otras veces, veo en penumbras, a Vanito poniendo a mi lado, en la camita del salón de la casa donde vivía entonces en calle la Palma, y me cedió unas noches…, un radiador de aceite, de esos eléctricos, encendido a tope, mientras parecía que dormía y mucho más, que me moría de frío.

Sigo en modo crítico, divagando, como más odia escucharme “el pique”, por no decir que Emilio o Susana, ya lo sé, pero no creas que quiero despistarte, espantarte, todo lo contrario. Sólo intento encontrar el hilo, poder llegar a conectar otra vez con esa vía única que idealizamos tanto y se nos escapa siempre.
A pesar de mi tendencia suicida controlada, puedo decir convencido que estoy muy orgulloso también, tengo mis razones. Estoy bien, lo estamos, y eso asusta porque sé que “nada es para siempre”. Donde quiera que estés, y sea lo que sea que disfrutes o sufras, piensa en que podemos hablar, no hagas una tontería, no desesperes. Un abrazo, que ya paso del folio, la hoja, y eso no está bien. Ah, importante: ¿te he contado que me compré un tocadiscos Siemens RW 200 por dos euros y lo arreglé por otros treinta?
Ánimo y suerte.








